Restauración

En el imaginario colectivo, restaurar un monumento arquitectónico significa renovarlo o reconstruirlo, procurando su conservación y mantenimiento, pero ¿cuáles son los límites entre la restauración, reconstrucción y re interpretación? Muchos de los monumentos que consideramos íconos de una época determinada, en realidad podrían ser restauraciones recientes y no testimonios veraces de la historia que por mucho tiempo nos han contado. Se les llama falsos históricos a las intervenciones de restauración que restituyen los elementos originales, suplantando el trabajo original del artista, introduciéndose en los aspectos creativos de la obra arquitectónica, transformando su esencia tanto en estructuras como en materiales.

Algunas de las causas que culminan en un falso histórico son el poder político vigente y su explotación como atractivo turístico y muchas veces se necesitan de préstamos personales. Hay teorías de la restauración que apuntan a hacer una distinción honesta entre la parte original y la restaurada, y otras que apelan a conservar la esencia de la obra como documento y testimonio de la historia. John Ruskin expresaba que un edificio es como un ser humano que nace, vive y debe morir dignamente. Los puristas de la restauración defienden la conservación del edificio por su valor histórico y estético sin incorporar elementos ajenos a su época de edificación original ni interferir con su composición. Sin embargo, hay teóricos como Viollet Le-Duc que sostienen que “restaurar un edificio no es mantenerlo, repararlo o rehacerlo, es restituirlo a un estado completo que quizás no haya existido nunca”. No es el objetivo de este artículo reflexionar en torno a la originalidad de una obra y su esencia, sino hacer un listado de aquellos edificios y monumentos que no son lo que parecen ser porque, después de todo, un restaurador trabaja para engañar al tiempo desde las apariencias.Parroquia y Ex Convento de San Juan Bautista, México

 

No podemos imaginar Coyoacán sin el templo de San Juan Bautista, cuya edificación original data del siglo XVI, pero es en realidad un templo de reciente construcción, pues lo único que conserva de la época virreinal es su monumental fachada plateresca tallada en cantera, el vestíbulo de tres naves y la capilla abierta o capilla de indios ubicada frente al convento. Fue originalmente planeada como la catedral de la Ciudad de México, pues Coyoacán concentró los poderes de la Nueva España durante la reconstrucción de la ciudad tras la conquista de México Tenochtitlán; esa es la razón por la que la advocación del templo es San Juan Bautista, santo de quien Hernán Cortés era devoto. La construcción del convento se inició a cargo de los frailes franciscanos, pero fue la administración de la orden de los dominicos la que terminó el templo. Dentro de la parroquia se conservan retablos de la época barroca; sin embargo, son sus reconstrucciones en el siglo XIX las que le brindan la imagen que conocemos actualmente, ya que las pinturas de las bóvedas y paredes laterales datan del año 1944. Fue en 1921, cuando los franciscanos retomaron el mando del templo y terminaron su decoración con las pinturas que representan pasajes de la vida de San Francisco de Asís, además de la incorporación de vitrales con la imagen de los 12 miembros del primer Colegio Franciscano cuya misión era la evangelización.