Divinidad y amor

El amor tiene cierta divinidad que a veces pensamos que no es de este mundo:

Me enamoré de un ser de luz; me pregunto qué hace aquí, en este mundo tan perdido de nosotros, de nuestra luz. Tengo miedo que de pronto tenga que irse porque todo lo que debía hacer ya lo ha terminado.

Me despierto temeroso por la noche para ver si aún sigue aquí, durmiendo junto a mí; lo contemplo y confirmo que su perfección majestuosa no pertenece a este mundo. Me despierto para darme cuenta que no es un sueño, que es de carne y hueso.

Me gusta tocarlo y lo hago lo más que puedo, su piel es suave como la seda, su espalda tiene tantos lunares que parecen las estrellas del Universo, me gusta pegarme a él como una etiqueta autoadherible

Aquí hay un hijo de Dios, tan apegado a sus valores que me pregunto qué hace aquí.

“Dios, tengo miedo que quieras llevártelo, me siento tan amada que no hay precio para este sentimiento”.

No sé cuál sea su tarea, pero me ama más de lo que yo puedo amarme. Anduve por allí en rincones de oscuridad llorando, sintiéndome tan menos, y Dios sólo miraba a lo lejos, reía un poco de ese dolor que el tiempo ha vuelto insignificante. Él sabía que vendría su hijo a curarme, amarme y a verme como la escultura más perfecta hecha por los griegos.

Yo también hubiera podido reír junto a Dios, si tan sólo me hubiera dado un pase al futuro, de haber sabido que un ángel cuidaría de mí, en este corazón todo hubiera sido paz, como lo es ahora.

Un tarde, mientras el sol aguardaba su sueño para poder despertar frente a la ventana del otro lado del mundo, mi ángel habló conmigo, escuché todo lo que Dios quiso decir a través de él y sus ojos me llevaron a un lugar que no conocía, me llevó a su antiguo sitio, donde las almas puras viven, donde reina el amor de Dios. Me llevó al cielo donde no existe nada más que el amor puro, donde se disuelve toda materia y queda un único sentimiento.

Allí donde las energías se mueven a la velocidad de la luz para sentirse libres, para volar y para amar.

Me llevó al cielo y me dijo que no tuviera miedo de amar, pues con este amor que me cuida, me doy cuenta que es el único lugar al que pertenezco. Sus brazos me abrazaron como las nubes lo hicieron. Estar cerca de él, es también estarlo de Dios.

Aquí hay una pareja que viene a amarse y a respetarse, un caso excepcional que tacharán como locos  pero que la sonrisa de Dios los bendice de todo, pues son una sola luz.

La sonrisa de Dios aprueba este amor que tampoco tendrá fin, pues en cualquier lugar del Universo seremos siempre una luz, una energía… tal vez, él vino por esas alas que le faltaban para cuando estemos listos y emprendamos ese vuelo eterno lleno de fuerza y poder celestial.