Igualdad de derechos

La madrugada del 28 de junio de 1969 tuvo lugar una redada en el Stonewall Inn, un bar gay ubicado en la ciudad de Nueva York. Este hecho fue el detonante del movimiento LGBT en Estados Unidos —y, en cierta medida, del mundo. Durante los 50 y los 60 los atracos policiales homofóbicos eran muy comunes; cuando caía la noche los lugares clandestinos en los que gays, lesbianas y transexuales se daban cita eran el blanco de múltiples ataques efectuados por la autoridad.

Gracias a que los asistentes de Stonewall Inn —y las personas que presenciaron los hechos— rompieron el silencio y respondieron a las agresiones, tiraron señalamientos de transito, barreras mentales y juicios morales, fue que miles de personas decidieron unir su voz y descontento contra una sociedad que los discriminaba; la comunidad LGBT estaba obligada a vivir en el anonimato y a mantener encuentros a escondidas, como si el amor fuera un delito de Estado.

Ha sido un camino largo el de esta lucha, y por supuesto que todavía falta mucho por recorrer; pero los avances que ha logrado la comunidad LGBT para la obtención de derechos igualitarios han sido inmensos. Junio se ha convertido en el mes más colorido del año, y cada vez más personas —e incluso empresas— se suman a la celebración de la diversidad que compone a nuestra sociedad.

Las marchas que se realizan anualmente alrededor del mundo para conmemorar los eventos de Stonewall Inn son más que una simple fiesta, son un recordatorio punzante de que la comunidad LGBT se encuentra en cada rincón del planeta, que no se mantendrán en silencio mientras sus Derechos Humanos son pisoteados y que son cada vez más los que pierden el miedo de mostrarse tal cual son. Evidentemente, hay mucho que celebrar y mucho de qué sentirnos orgullosos.

 

Divinidad y amor

El amor tiene cierta divinidad que a veces pensamos que no es de este mundo:

Me enamoré de un ser de luz; me pregunto qué hace aquí, en este mundo tan perdido de nosotros, de nuestra luz. Tengo miedo que de pronto tenga que irse porque todo lo que debía hacer ya lo ha terminado.

Me despierto temeroso por la noche para ver si aún sigue aquí, durmiendo junto a mí; lo contemplo y confirmo que su perfección majestuosa no pertenece a este mundo. Me despierto para darme cuenta que no es un sueño, que es de carne y hueso.

Me gusta tocarlo y lo hago lo más que puedo, su piel es suave como la seda, su espalda tiene tantos lunares que parecen las estrellas del Universo, me gusta pegarme a él como una etiqueta autoadherible

Aquí hay un hijo de Dios, tan apegado a sus valores que me pregunto qué hace aquí.

“Dios, tengo miedo que quieras llevártelo, me siento tan amada que no hay precio para este sentimiento”.

No sé cuál sea su tarea, pero me ama más de lo que yo puedo amarme. Anduve por allí en rincones de oscuridad llorando, sintiéndome tan menos, y Dios sólo miraba a lo lejos, reía un poco de ese dolor que el tiempo ha vuelto insignificante. Él sabía que vendría su hijo a curarme, amarme y a verme como la escultura más perfecta hecha por los griegos.

Yo también hubiera podido reír junto a Dios, si tan sólo me hubiera dado un pase al futuro, de haber sabido que un ángel cuidaría de mí, en este corazón todo hubiera sido paz, como lo es ahora.

Un tarde, mientras el sol aguardaba su sueño para poder despertar frente a la ventana del otro lado del mundo, mi ángel habló conmigo, escuché todo lo que Dios quiso decir a través de él y sus ojos me llevaron a un lugar que no conocía, me llevó a su antiguo sitio, donde las almas puras viven, donde reina el amor de Dios. Me llevó al cielo donde no existe nada más que el amor puro, donde se disuelve toda materia y queda un único sentimiento.

Allí donde las energías se mueven a la velocidad de la luz para sentirse libres, para volar y para amar.

Me llevó al cielo y me dijo que no tuviera miedo de amar, pues con este amor que me cuida, me doy cuenta que es el único lugar al que pertenezco. Sus brazos me abrazaron como las nubes lo hicieron. Estar cerca de él, es también estarlo de Dios.

Aquí hay una pareja que viene a amarse y a respetarse, un caso excepcional que tacharán como locos  pero que la sonrisa de Dios los bendice de todo, pues son una sola luz.

La sonrisa de Dios aprueba este amor que tampoco tendrá fin, pues en cualquier lugar del Universo seremos siempre una luz, una energía… tal vez, él vino por esas alas que le faltaban para cuando estemos listos y emprendamos ese vuelo eterno lleno de fuerza y poder celestial.

Creer en el amor

Creo en la confianza y el amor, en que dos personas pueden hacer grandes cosas cuando, a pesar de las heridas, de los desencuentros, el desorden, la confusión y el desastre son capaces de levantarse juntos, de ayudarse uno al otro para reconstruir todo con mejores cimientos que lleven una estructura de acero solida para que nunca se derrumben.

No creo en el matrimonio porque en realidad no estoy convencida de que exista, cada par lo hace y deshace como mejor puede; en cada dos va cambiando, transformándose en quizás algo totalmente diferente. Es sólo una palabra para nombrar a dos que decidieron comprometerse a estar juntos por medio de un papel que dice que son una pareja, como si en realidad se necesitara de uno. Pero hasta hoy nadie sabe con seguridad lo que es.

Creo en el deseo de crecer junto a ese otro no sólo como espectador, sino también como apoyo; creo en la curiosidad de conocer más de él, de ver hasta dónde es capaz de llegar y alentarlo para que no se rinda, en el querer estar, permanecer juntos para recordarle quién es en el momento en que lo olvide.

Creo en que por fin encuentres a alguien con quien no sólo puedas ser tú, sino alguien mejor, un ser que no puede mas que intentar ser más de lo que ya es porque quien está a su lado no deja de inspirarlo. En poder rendirte y mandar todo al diablo porque siempre contarás con el otro para caer de cansancio, de dolor ante sus brazos sin temor a que te suelte.

Creo en la paz que te da llegar a un hogar que se conforma en el instante en que están esos dos, solos, sin nadie más. Cuando por fin pueden deshacerse de todo eso del exterior que les estorba y seguir en la hermosa soledad de su compañía; esas almas que juntas se convierten en el mejor refugio de todo lo que hay fuera.

No creo en el matrimonio porque es una ilusión, es la fachada tras la que sucede la verdadera magia. Ésa que pocos alcanzan y creen obtener tras firmar un papel, como si fuera el tan prometido y eterno final feliz.

Creo en las parejas que, a pesar de todo, apuestan y firman, sin que sea eso lo verdaderamente importante. Creo en esos dos que saben que es sólo un paso más para seguir adelante, seguros de que eso no hace más fuerte o más débil lo que por sí solo ha sido enorme, los ha hecho grandes.

Creo en las ganas de gritar, de confirmar por todos los medios que es esa persona con la que quieres seguir enfrentando la vida, hasta que ésta termine.

Porque hoy nadie lo hace, o quiere hacerlo. Porque sí, es de valientes apostar por algo que las estadísticas pueden asegurarte que no va a durar, que serán un número más de aquellos que siendo tan cercanos, terminaron por ser sólo dos extraños más.

Todos lo advierten, la vida nos ha enseñado que no es buena idea intentar que algo dure, prevalezca; si lo sabemos, terminará. Cada vez son más los cuerdos, los que forman parejas sin necesidad de arriesgarse más de lo indispensable, de lo irremediable.

En realidad no apuestan, no arriesgan sin estar seguros; muchas veces saben que son ellos quienes no están del todo, nunca lo harán. Porque la inversión siempre es mejor cuando se trata de negocios. Porque puede existir algo que te haga cambiar de opinión y entonces tengas que partir; es mejor hacerlo sin nada que pese, que lastime; sin los recuerdos, sin el dolor, sin el amor.